En memoria de

Hannah Arendt

Cubrió el juicio de Eichmann y dio al mundo la banalidad del mal

Arendt estudió con Heidegger y Jaspers, huyó de Alemania en 1933 tras una semana detenida por la Gestapo por reunir material antisemita para la organización sionista, y fue internada en Francia como súbdita enemiga antes de llegar a Nueva York en 1941. Fue apátrida durante dieciocho años, experiencia de la que salió su idea de que los derechos humanos valen muy poco para quien ha perdido la condición de ciudadano, y de que el primer derecho es el derecho a tener derechos.

Los orígenes del totalitarismo sostenía que los regímenes nazi y soviético eran de una especie nueva, y no una mala versión de otra antigua. La condición humana distinguía labor, trabajo y acción y defendía la política como el espacio donde los hombres se aparecen unos a otros. Luego, en 1963, cubrió el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén y describió a un hombre de una vulgaridad asombrosa, que había organizado deportaciones sin odio y en gran medida sin pensar; la expresión banalidad del mal, y su crítica a los consejos judíos, le costaron amistades que nunca se recompusieron. Murió de un infarto en su piso de Nueva York a los sesenta y nueve años, con amigos en la habitación; la portada de la última parte de su libro inacabado seguía en la máquina de escribir. Sus cenizas se enterraron junto a las de su marido en Bard College, donde él había enseñado durante años.

Esta página la redactó el sitio a partir de fuentes históricas públicas.

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